
Porque has sido tantas y esta ha de ser la última vez, sentado en el
borde de la cama, a un lado de una caja de laxantes y un walkman, Donardo
aguarda la primera señal de la noche con un juego de calcetines en la mano
derecha. Con la izquierda sostiene el cuchillo que empleó esa mañana para untar
mantequilla a tres panes tostados. Te he dicho muchas veces que ese cuchillo no
es para la mantequilla, lo amonestó su mamá. Ante él, sobre el suelo de la
habitación, se mece la sombra de un par de zapatos que cuelgan de los cables
del porte de luz situado frente a la ventana. Alguien se lo explicó en alguna
ocasión: se trata de una vieja costumbre urbana que cada vez pierde más
presencia. Todavía, sin embargo, es posible ver, en colonias de la periferia,
zapatos suspendidos de los cables de luz, así como esos que bailan fuera de su
casa, imitando el movimiento de la péndola del reloj que descansa sobre el
dintel de la puerta: dos minutos para las tres y el trayecto restante del
segundero. Porque el bamboleo aparece incluso en jornadas sin brisa, como si el
vaivén de los zapatos naciera desde el interior para registrar el tiempo de un
cuerpo sin vida. Cuando se lo contaron, Donardo hizo memoria y sí, había visto
varios zapatos colgantes, pero nunca les puso mayor atención; quién le hubiera
dicho que significaban lo que significaban. Comoquiera, esta noche se ha
quedado despierta en espera del primer ruido y no para discurrir sobre la
simbología fúnebre de unos zapatos.
En el instante en que la señal finalmente se
manifiesta, a Donardo le tiembla la mano que empuña el cuchillo. Oye el sonido
de unos pasos cautelosos provenientes del costado derecho de la casa. La
experiencia de una infinidad de noches de vigilia le ha enseñado que, en plena
madrugada, bajo la oscuridad y la quietud de una morada de habitantes
noctámbulos, existen dos tipos de pasos según el nivel de recaudo: los
discretos y los estúpidamente discretos. Los primeros los da cualquier miembro
de la familia cuando se levanta de la cama para ir al baño, tomar agua o
desarrollar alguna otra actividad doméstica nocturna. La otra clase de pasos la
aplica su padre, y el exceso de discreción solo consigue generar sospechas,
sobre todo en él, Donardo, el único que permanece con los párpados abiertos a
tan altas horas de la noche con el propósito de esperar las señales. Además,
los pasos pueden clasificarse en tres categorías de acuerdo con la naturaleza
del ruido: los de su hermana se caracterizan por emitir un sonido compacto y
seco, pues no utiliza calcetines para dormir; los de su madre son los que más
crean alboroto, debido a que jamás camina por la casa si no ha metido sus pies
en sus pantuflas con suela de plástico; los pasos de su padre, por último, se
distinguen por su sigilo; él sí usa calcetines durante la noche.
Son las tres de la mañana con dos minutos. El
ruido que Donardo ha captado equivale al de unos pasos discretos con cierto
grado de estupidez. La posibilidad de un error de percepción no debe, por
supuesto, descartarse; ya le ha ocurrido antes. Por tal motivo, es muy
importante aguardar unos seis o siete segundos para confirmar la conjetura. Si
al término de ese intervalo, transita una sombra por la oquedad horizontal de
la puerta, entonces la de los pasos será su madre con dirección al baño; de lo
contrario, el caminante será su padre, rumbo a la recámara de su hermana. Como
ninguna sombra se asoma después del tiempo estimado, Donardo traga saliva dos
veces, primero satisfecho y luego nervioso; lo uno porque confirma el nivel de
conocimiento que posee sobre el itinerario de los habitantes de la casa y lo
otro porque comprende que el momento decisivo se encuentra a la vuelta de la
esquina.
Transcurrido cuatro o cinco segundos, distingue
la segunda señal de la noche: una puerta es abierta con reserva. Donardo
consulta el reloj. Sabe de sobra que para lo d su padre no hay un margen de
error relevante; la puerta se abre siempre alrededor de las tres de la
madrugada y se vuelve abrir después de que se cumplen entre doce y quince
minutos.
Luego de catorce minutos se oye el sonido de la
puerta, seguido de unos pasos estúpidamente discretos, los cuales se alejan.
Ahora nada más resta que a su madre se le distienda el intestino. Donardo es
consciente de que el comportamiento de un órgano no puede ser sometido a una
rigurosa medición temporal. Con todo, la caja de laxantes indica que el
medicamento produce resultados en un lapso aproximado de doce horas. De tal
forma que, considerando que le dio el laxante a su madre alrededor de las
cuatro de la tarde (“Tráeme por favor la taza de café; creo que la dejé a un
lado de la estufa”), habrá que esperar cerca de una hora.
Donardo, tras cuarenta minutos, comienza a
desenrollar los calcetines: el incontestable ejemplo paterno. Cuando se lo está
calzando, percibe unos pasos que no son estúpidamente discretos sino ruidosos,
descuidados. Entorna los párpados y dirige la mirada hacia la cavidad de la
puerta. Pasa una sombra y, después de tres segundos, alguien se encierra en el
baño. El ruido de silencio; un zumbido tenue. Se abre la puerta del baño y de
nuevo la sombra por la rendija, esta ocasión en dirección contraria. Donardo
ojea el reloj. Ese alguien que ocupó y desocupó el baño es su madre, quien de
seguro ya se encuentra en su dormitorio, echándose encima la sábana mientras
maldice mentalmente el estado de su estómago. Ha permanecido dieciséis minutos
sentada en el retrete. La próxima vez probablemente durará dos o tres minutos
menos. Sigue siendo el tiempo suficiente para hacer lo que debe hacer. Guarda
la caja de laxantes en el cajón del buró. Y espera. Intenta tararear una
canción. No puede. Contempla mejor las manecillas del reloj; es segundero
parece más lento de lo normal. Observa también la péndola, acto que lo lleva a
desviar la mirada hacia los zapatos colgantes. Entonces vuelve al reloj. En eso
advierte el ruido que engendra la suela de plástico de las pantuflas. Transita
la sombra. Se cierra la puerta del baño. Es el momento.
Ya en el pasillo, Donardo oye la tos seca de su
madre. Entra en la recámara de al lado. La cama está deshecha. Abre la puerta
corrediza del clóset, se arrodilla y dice no llores, mi pequeña saltamontes, si
dejas de llorar más la rato te voy a prestar el walkman para que escuches toda
la música que quieras. Luego le toma la mano. Al descubrir en el rostro de su
hermana el atisbo de una sonrisa, sale de la habitación y se dirige a la sala.
De nuevo la tos seca procedente del baño. Donardo no comprende cómo su madre
nunca se ha percatado de la rutina nocturna del hombre con el que duerme. Una
noche de insomnio habrá tenido, o una pesadilla que la obligara a despertarse,
o una madrugada en que el frío penetrara por algún resquicio de la sábana.
Durante una noche de esas ella habrá abierto los ojos para preguntarle a dónde
vas, mi amor. Claro que en un escenario semejante, resultaría fácil
escabullirse; no es insólito que las personas se levanten de noche para orinar
o beber agua o leche. Pero no todos los días a la misma hora. No. A lo mejor su
madre no ignora la situación, lo cual supondría un cuadro todavía más
repugnante. Quizá ella finge un sueño imperturbable para no sentir la
obligación de cuestionar: a dónde vas, mi amor, y así eludir el peso de las
respuestas: a la habitación de nuestra hija, cariño. Un tercer acceso de tos
interrumpe las elucubraciones de Donardo.
Lo hace con rapidez. Franquea la puerta del
dormitorio de sus padres y no dura dentro más de dos minutos. Sofocado,
reaparece con algo en las manos y deja la puerta abierta. Regresa a su alcoba.
Recoge el walkman y sale. Ingresa a la recámara de al lado. La niña ha
abandonado el interior del clóset. Ahora se halla encima de la cama. Alza el
rostro y, aún con vestigios de lagrimeo, sonríe al sentirse hermana y no hija.
Y sonríe con mayor entusiasmo cuando repara en el walkman que su hermano trae
consigo. Donardo se sienta en la orilla de la cama y le coloca los audífonos a
la niña en tanto le dice prométeme que no te los vas a quitar en toda la noche.
Te lo prometo, responde ella. Luego se oye cómo el agua del retrete se
arremolina. A continuación se abre la puerta del baño. En cualquier instante la
sombra se asomará por la oquedad de la puerta, de izquierda a derecha. Cuando
espera algo. Entonces se produce un silencio aplastante. Donardo espera algo,
aunque no sabe con exactitud qué. La niña, que exhibe una sonrisa enorme, no
alcanza a oír los gritos de horror de su mamá porque ha subido todo el volumen,
y solo sabe que su hermano es muy chistoso porque está haciendo quién sabe qué
cosa con los zapatos de su papá.
Daniel Avechuco Cabrera