Prometeo era hijo del Titán Japeto y de la Tierra. Se le consideraba digno de ser admitido en el Olimpo y de tomar parte en las discuciones de los dioses; él amaba a los hombres y llevó la voz de éstos, que eran desgraciados, hacia el cielo.
Solía descender, y andaba entre los hombres a quienes enseñó la manera de contar el tiempo, la ciencia de los números, el alfabeto, la navegación y hasta la medicina: todas las artes.
Pero los hombres no conocían el fuego sino en la forma del rayo y del sol, y sin el fuego, su comida brutal consistía en las carnes crudas; no podían trabajar los metales, ni tener tampoco la llama encendida en el fondo de sus casas, como una amiga maravillosa. Los dioses, que no amaban a los hombres, se habían reservado "La flor roja," que es amorosa y civilizadora.
Prometeo, dispuesto a hacer del hombre otra cosa mayor, se acercó, temerario, a la rueda del Sol, y encendiendo en ella su antorcha, corrió a traerla a la Tierra.
El castigo vino pronto contra Prometeo, pues los dioses burlados, a su vez burlaron al titán de este modo: enviaron al mundo a Pandora, con una caja sellada, que contenía todos los males. La recibió un hermano de Prometeo, y al abrirla, las camalidades salieron volando desde la caja y se repartieron por sobre el mundo. Dañados los hombres, vino la expiación del amigo de los hombres: sujeto con cadenas de bronce, hincadas en una roca del Cáucaso, Prometeo quedó abandonado a los buitres. Sus gemidos resonaban en las grutas de la montaña, y sus ojos sólo miraban en torno la impiedad de los riscos y la indiferencia del cielo. Prometeo no se humilló a los dioses, y con grandes gritos mostraba a Zeus su maldad, sin pedirle misericordia. Zeus, irritado por la rebeldía de un simple titán, cambió su suplicio por otro peor: le hizo descender hacia el Tártaro; después fue atado de nuevo a la roca, por tiempo incalculable. Un águila o un buitre, abría desgajándolas, sus entrañas, y éstas retoñaban a cada golpe del tremendo pico.
Los dioses no se apiadaron; pero Hércules, que era generoso sin ser divino, mató con sus flechas al ave, libertando al héroe.
La cautividad del fuego, que hasta entonces había corrido libre por el cielo, mudó la vida de los humanos: creó la casa; los metales derretidos fueron trabajados como el barro, y nacieron de ellos, cuya terquedad los hacía estériles, desde las armas temibles para las fieras, hasta las joyas delicadas que llevaron las mujeres sobre su pecho o sus manos.
Desde entonces tuvo Prometeo un lugar superior al de los héroes, que son solamente hombres, y su reto contra Zeus lo aproximó a los propios dioses.




