lunes, 22 de septiembre de 2014

El consejo del Gato

De todos modos. Rayitas sigue preocupado; preferiría poder bañarse sin molestar. Y se lo cuenta a Gato.
- Tienes razón, es un lío -dice el animal-.
Pero para encontrar una solución, tendría que verlo sobre el terreno. ¿Por qué no vamos al lago y llamas a tus amigos los peces, a ver si entre todos lo arreglamos?
Los dos se dirigen hacia el algo. El Gato piensa: "En cuanto tenga delante un pez, me lo trago de un bocado". Pero aunque Rayitas llama a sus amigos, éstos no aparecen. Rayitas dice:
- Vámonos. Quizá estén lejos.
- ¡De eso nada! -exclamo el Gato, que se había hecho ilusiones-. ¡Llámales otra vez, que no me voy de aquí sin comer!
Rayitas de enfadó mucho:
- ¿Querías aprovecharte de la ocasión y comerte a alguno de mis amigos? ¡Fuera de aquí y no vuelvas al lago nunca más!
El Gato fue descubierto...

La excursión

El maestro ha decidido hacer una excursión. Pim y Pam hacen planes:
-Tenemos que gastarle una broma a Ana, para vengarnos del baño con la manguera
-Dice Pim. que ha tenido una idea.
Pam propone a Ana un juego:
-Mira:, Ana; yo iré poniendo señales en los árboles, y tu Pim tendréis que encontrar algo que yo voy a esconder, siguiendo las señales. ¿Vale? ¡Es un bonito premio!
Ana está de acuerdo. Pim y Pam van señalando árboles y árboles sin orden, par que Ana se pierda. ¡Pero oscurece!
-¡No sé dónde estamos! ¡Me he perdido!
-exclama Pam. Los dos se echan a llorar.
Es casi de noche cuando les encuentran.
-¿No te has perdido? -preguntan a Ana.
-¿Yo? ¡Claro que no! -contesta ella-.
Las señales me alejaban mucho y regresé con los demás.

lunes, 15 de septiembre de 2014

EN LAS PLAYAS

En las playas de todos los mundos se reúnen los niños. El cielo infinito se encalma sobre sus cabezas; el agua impaciente se alborota. En las playas de todos los mundos, los niños se reúnes, gritando y bailando.
Hacen casitas de arena y guegan con las conchas. Su barco es una hoja seca que botan, sonriendo, en la vasta profundidad. Los niños juegan en las playas de todos los mundos.
No saben nadar; no saben echar la red. Mientras el pescador de perlas se sumerge por ellas, y el mercader navega en sus navíos de perlas se sumerge por ellas, y el mercader navega en sus navíos, los niños cogen piedrecillas y vuelven a tirarlas. Ni buscan tesoros osultos ni saben echar la red.
El mar se alza, en una carcajada, y brilla pálida la playa sonriente. Olas asesinas cantan a los niños baladas sin sentido, igual que una madre que meciera a su hijo en la cuna. El mar juega con los niños, y, pálida, luce la sonrisa de la playa.
En las playas de todos los mundos se reúnen los niños. Rueda la tempestad por el cielo sin caminos, los barcos naufraganen el mar sin rutas, anda suelta la muerte, y los niños juegan. En las playas de todos los mundos se reúnen, en una gran fiesta, todos los niños.

EL MANANTIAL

¿Sabe alguien de dónde viene el sueño que pasa volando por los ojos del niño? Sí. Dicen que mora en la aldea de las hadas; que, por la sombra de una floresta vagamente alumbrada de luciérnagas, cuelgan dos tímidos capullos de encanto, de donde viene el sueño a besar los ojos del niño.

¿Sabe alguien de dónde viene la sonrisa que revuela por los labios del niño dormido? Sí. Cuentan que, en el sueño de una mañana de otoño, fresca de rocío, el pálido rayo de la luna nueva, dorando el borde de una nube que se iba, hizo la sonrisa que vaga en los labios del niño dormido.

¿Sabe alguien de dónde estuvo escondida tanto tiempo la dulce y suave frescura que florece en las carnecitas del niño? Sí. Cuando la madre era joven, empapaba su corazón de un tierno y misterioso silencio de amor, dulce y suave frescura que ha florecido en las carnecitas del niño.

EL ASTRONOMO

Yo solo dije: "Cuando, al anochecer, la luna llena se enreda en las ramas del cadabo, ¿no podría nadie cogerla?"
Pero Dada se rió de mí, y me respondió: "Hijo; eres la criatura más tonta que he conocido. La luna está lejísimos de nosotros; ¿quién la va a coger?"
Yo le dije: "Dada, ¡tú si que eres tonto! Cuando madre se asoma a la ventana y, sonriendo nos mira jugar, ¿te parece a ti que está tan lejos?"
Dada me dijo otra vez: "¡Qué niño tan simple eres tú! Pero, chiquillo, ¿dónde ibas a buscar una red tan grande que cupiera en ella la luna?"
Yo le dije: "Estoy seguro de que podrías tú cogerla con las manos."
Pero Dada se echó a reír y me dijo: "¡En mi vida he visto un niño más tonto! Si la luna se acercara más, ya tú verías lo grandísima que es."
"Dada, ¡qué disparate enseñan en tu escuela!" _le dijo yo.
"Cuando madre baja la cabeza para besarnos, ¿te parece a ti muy grande su cara?
Pero Dada me sigue diciendo: "¡Qué niño más tonto eres!¡Qué niño más tonto eres!"

NUBES Y OLAS

Madre, los que viven en las nubes me gritan: "Mira; jugamos desde nuestro despertar hasta que se muere el día; jugamos con el amanecer de oro y con la luna de plata." Yo les pregunto: "Pero ¿cómo subiré hasta donde estáis vosotros?" Y me contestan: "Llega hasta el borde de la tierra, alza las manos al cielo y las nubes te levantarán." "Mi madre me está esperando en casa," _digo yo. "¿Cómo dejarla y subir?" Y ellos se sonríen y pasan flotando.
Pero yo sé un juego más bonito que ése, madre. Mira; yo seré una nube y tú serás la luna. Te taparé con mis manos y nuestro techo será el cielo azul.
Los que viven en las olas me gritan: "Cantamos desde el alba hasta la noche; viajamos, más y más allá siempre y no sabemos por dónde pasamos." Yo les pregunto: "Pero ¿cómo podré unirme a vosotros?" Y me responden: "Ven a la orilla de esta playa, cierra los ojos, espera, y te llevarán las olas." Les digo: "Mi madre no quiere nunca que salga de noche. ¿Cómo voy a ir?" Y ellos se sonríen y pasan danzando....
Pero yo sé un juego mejor que ése, madre. Yo seré la ola y tú serás una playa desconocida. Llegaré rodando, y romperé, riéndome, en tu falda, y nadie sabrá en el mundo dónde estamos tú y yo.

El calzado de Cronos



Porque has sido tantas y esta ha de ser la última vez, sentado en el borde de la cama, a un lado de una caja de laxantes y un walkman, Donardo aguarda la primera señal de la noche con un juego de calcetines en la mano derecha. Con la izquierda sostiene el cuchillo que empleó esa mañana para untar mantequilla a tres panes tostados. Te he dicho muchas veces que ese cuchillo no es para la mantequilla, lo amonestó su mamá. Ante él, sobre el suelo de la habitación, se mece la sombra de un par de zapatos que cuelgan de los cables del porte de luz situado frente a la ventana. Alguien se lo explicó en alguna ocasión: se trata de una vieja costumbre urbana que cada vez pierde más presencia. Todavía, sin embargo, es posible ver, en colonias de la periferia, zapatos suspendidos de los cables de luz, así como esos que bailan fuera de su casa, imitando el movimiento de la péndola del reloj que descansa sobre el dintel de la puerta: dos minutos para las tres y el trayecto restante del segundero. Porque el bamboleo aparece incluso en jornadas sin brisa, como si el vaivén de los zapatos naciera desde el interior para registrar el tiempo de un cuerpo sin vida. Cuando se lo contaron, Donardo hizo memoria y sí, había visto varios zapatos colgantes, pero nunca les puso mayor atención; quién le hubiera dicho que significaban lo que significaban. Comoquiera, esta noche se ha quedado despierta en espera del primer ruido y no para discurrir sobre la simbología fúnebre de unos zapatos.

En el instante en que la señal finalmente se manifiesta, a Donardo le tiembla la mano que empuña el cuchillo. Oye el sonido de unos pasos cautelosos provenientes del costado derecho de la casa. La experiencia de una infinidad de noches de vigilia le ha enseñado que, en plena madrugada, bajo la oscuridad y la quietud de una morada de habitantes noctámbulos, existen dos tipos de pasos según el nivel de recaudo: los discretos y los estúpidamente discretos. Los primeros los da cualquier miembro de la familia cuando se levanta de la cama para ir al baño, tomar agua o desarrollar alguna otra actividad doméstica nocturna. La otra clase de pasos la aplica su padre, y el exceso de discreción solo consigue generar sospechas, sobre todo en él, Donardo, el único que permanece con los párpados abiertos a tan altas horas de la noche con el propósito de esperar las señales. Además, los pasos pueden clasificarse en tres categorías de acuerdo con la naturaleza del ruido: los de su hermana se caracterizan por emitir un sonido compacto y seco, pues no utiliza calcetines para dormir; los de su madre son los que más crean alboroto, debido a que jamás camina por la casa si no ha metido sus pies en sus pantuflas con suela de plástico; los pasos de su padre, por último, se distinguen por su sigilo; él sí usa calcetines durante la noche.

Son las tres de la mañana con dos minutos. El ruido que Donardo ha captado equivale al de unos pasos discretos con cierto grado de estupidez. La posibilidad de un error de percepción no debe, por supuesto, descartarse; ya le ha ocurrido antes. Por tal motivo, es muy importante aguardar unos seis o siete segundos para confirmar la conjetura. Si al término de ese intervalo, transita una sombra por la oquedad horizontal de la puerta, entonces la de los pasos será su madre con dirección al baño; de lo contrario, el caminante será su padre, rumbo a la recámara de su hermana. Como ninguna sombra se asoma después del tiempo estimado, Donardo traga saliva dos veces, primero satisfecho y luego nervioso; lo uno porque confirma el nivel de conocimiento que posee sobre el itinerario de los habitantes de la casa y lo otro porque comprende que el momento decisivo se encuentra a la vuelta de la esquina.

Transcurrido cuatro o cinco segundos, distingue la segunda señal de la noche: una puerta es abierta con reserva. Donardo consulta el reloj. Sabe de sobra que para lo d su padre no hay un margen de error relevante; la puerta se abre siempre alrededor de las tres de la madrugada y se vuelve abrir después de que se cumplen entre doce y quince minutos.

Luego de catorce minutos se oye el sonido de la puerta, seguido de unos pasos estúpidamente discretos, los cuales se alejan. Ahora nada más resta que a su madre se le distienda el intestino. Donardo es consciente de que el comportamiento de un órgano no puede ser sometido a una rigurosa medición temporal. Con todo, la caja de laxantes indica que el medicamento produce resultados en un lapso aproximado de doce horas. De tal forma que, considerando que le dio el laxante a su madre alrededor de las cuatro de la tarde (“Tráeme por favor la taza de café; creo que la dejé a un lado de la estufa”), habrá que esperar cerca de una hora.

Donardo, tras cuarenta minutos, comienza a desenrollar los calcetines: el incontestable ejemplo paterno. Cuando se lo está calzando, percibe unos pasos que no son estúpidamente discretos sino ruidosos, descuidados. Entorna los párpados y dirige la mirada hacia la cavidad de la puerta. Pasa una sombra y, después de tres segundos, alguien se encierra en el baño. El ruido de silencio; un zumbido tenue. Se abre la puerta del baño y de nuevo la sombra por la rendija, esta ocasión en dirección contraria. Donardo ojea el reloj. Ese alguien que ocupó y desocupó el baño es su madre, quien de seguro ya se encuentra en su dormitorio, echándose encima la sábana mientras maldice mentalmente el estado de su estómago. Ha permanecido dieciséis minutos sentada en el retrete. La próxima vez probablemente durará dos o tres minutos menos. Sigue siendo el tiempo suficiente para hacer lo que debe hacer. Guarda la caja de laxantes en el cajón del buró. Y espera. Intenta tararear una canción. No puede. Contempla mejor las manecillas del reloj; es segundero parece más lento de lo normal. Observa también la péndola, acto que lo lleva a desviar la mirada hacia los zapatos colgantes. Entonces vuelve al reloj. En eso advierte el ruido que engendra la suela de plástico de las pantuflas. Transita la sombra. Se cierra la puerta del baño. Es el momento.

Ya en el pasillo, Donardo oye la tos seca de su madre. Entra en la recámara de al lado. La cama está deshecha. Abre la puerta corrediza del clóset, se arrodilla y dice no llores, mi pequeña saltamontes, si dejas de llorar más la rato te voy a prestar el walkman para que escuches toda la música que quieras. Luego le toma la mano. Al descubrir en el rostro de su hermana el atisbo de una sonrisa, sale de la habitación y se dirige a la sala. De nuevo la tos seca procedente del baño. Donardo no comprende cómo su madre nunca se ha percatado de la rutina nocturna del hombre con el que duerme. Una noche de insomnio habrá tenido, o una pesadilla que la obligara a despertarse, o una madrugada en que el frío penetrara por algún resquicio de la sábana. Durante una noche de esas ella habrá abierto los ojos para preguntarle a dónde vas, mi amor. Claro que en un escenario semejante, resultaría fácil escabullirse; no es insólito que las personas se levanten de noche para orinar o beber agua o leche. Pero no todos los días a la misma hora. No. A lo mejor su madre no ignora la situación, lo cual supondría un cuadro todavía más repugnante. Quizá ella finge un sueño imperturbable para no sentir la obligación de cuestionar: a dónde vas, mi amor, y así eludir el peso de las respuestas: a la habitación de nuestra hija, cariño. Un tercer acceso de tos interrumpe las elucubraciones de Donardo.

Lo hace con rapidez. Franquea la puerta del dormitorio de sus padres y no dura dentro más de dos minutos. Sofocado, reaparece con algo en las manos y deja la puerta abierta. Regresa a su alcoba. Recoge el walkman y sale. Ingresa a la recámara de al lado. La niña ha abandonado el interior del clóset. Ahora se halla encima de la cama. Alza el rostro y, aún con vestigios de lagrimeo, sonríe al sentirse hermana y no hija. Y sonríe con mayor entusiasmo cuando repara en el walkman que su hermano trae consigo. Donardo se sienta en la orilla de la cama y le coloca los audífonos a la niña en tanto le dice prométeme que no te los vas a quitar en toda la noche. Te lo prometo, responde ella. Luego se oye cómo el agua del retrete se arremolina. A continuación se abre la puerta del baño. En cualquier instante la sombra se asomará por la oquedad de la puerta, de izquierda a derecha. Cuando espera algo. Entonces se produce un silencio aplastante. Donardo espera algo, aunque no sabe con exactitud qué. La niña, que exhibe una sonrisa enorme, no alcanza a oír los gritos de horror de su mamá porque ha subido todo el volumen, y solo sabe que su hermano es muy chistoso porque está haciendo quién sabe qué cosa con los zapatos de su papá.



Daniel Avechuco Cabrera

jueves, 6 de marzo de 2014

PROMETEO

Prometeo era hijo del Titán Japeto y de la Tierra. Se le consideraba digno de ser admitido en el Olimpo y de tomar parte en las discuciones de los dioses; él amaba a los hombres y llevó la voz de éstos, que eran desgraciados, hacia el cielo.

Solía descender, y andaba entre los hombres a quienes enseñó la manera de contar el tiempo, la ciencia de los números, el alfabeto, la navegación y hasta la medicina: todas las artes.

Pero los hombres no conocían el fuego sino en la forma del rayo y del sol, y sin el fuego, su comida brutal consistía en las carnes crudas; no podían trabajar los metales, ni tener tampoco la llama encendida en el fondo de sus casas, como una amiga maravillosa. Los dioses, que no amaban a los hombres, se habían reservado "La flor roja," que es amorosa y civilizadora.

Prometeo, dispuesto a hacer del hombre otra cosa mayor, se acercó, temerario, a la rueda del Sol, y encendiendo en ella su antorcha, corrió a traerla a la Tierra.

El castigo vino pronto contra Prometeo, pues los dioses burlados, a su vez burlaron al titán de este modo: enviaron al mundo a Pandora, con una caja sellada, que contenía todos los males. La recibió un hermano de Prometeo, y al abrirla, las camalidades salieron volando desde la caja y se repartieron por sobre el mundo. Dañados los hombres, vino la expiación del amigo de los hombres: sujeto con cadenas de bronce, hincadas en una roca del Cáucaso, Prometeo quedó abandonado a los buitres. Sus gemidos resonaban en las grutas de la montaña, y sus ojos sólo miraban en torno la impiedad de los riscos y la indiferencia del cielo. Prometeo no se humilló a los dioses, y con grandes gritos mostraba a Zeus su maldad, sin pedirle misericordia. Zeus, irritado por la rebeldía de un simple titán, cambió su suplicio por otro peor: le hizo descender hacia el Tártaro; después fue atado de nuevo a la roca, por tiempo incalculable. Un águila o un buitre, abría desgajándolas, sus entrañas, y éstas retoñaban a cada golpe del tremendo pico.

Los dioses no se apiadaron; pero Hércules, que era generoso sin ser divino, mató con sus flechas al ave, libertando al héroe.

La cautividad del fuego, que hasta entonces había corrido libre por el cielo, mudó la vida de los humanos: creó la casa; los metales derretidos fueron trabajados como el barro, y nacieron  de ellos, cuya terquedad los hacía estériles, desde las armas temibles para las fieras, hasta las joyas delicadas que llevaron las mujeres sobre su pecho o sus manos.

Desde entonces tuvo Prometeo un lugar superior al de los héroes, que son solamente hombres, y su reto contra Zeus lo aproximó a los propios dioses.

EL HOMBRECITO GRANDE

Yo soy pequeño por que soy un niño. Cuando yo tenga la edad de mi padre, seré grande. Entonces, si mi maestro viene a decirme: "¡Que es tarde! ¡Coge la pizarra y los libros!", _yo le diré: "¿No estás tú viendo que soy ya mayor como papá? Ya no tengo que dar más lección." Y mi maestro se quedará pensando, y dirá: "Es verdad, a es mayor. Puede, si quiere, dejar los libros."

Me vestiré y me iré de paseo a la feria, donde hay tanta gente. Vendrá mi tío corriendo y me dirá: "Hijo mío, vas a perderte. Déjame que te coja en brazos." Yo le responderé: "Tío, ¿no ves que soy ya grande como papá? Ya puedo ir donde quiera, que es ya mayor."

Cuando vuelva mi madre del baño, como yo sabré ya abrir la caja con mi llave, me encontrará dándole dinero al ama, y me dirá: "¿Qué es lo que estás haciendo, loco? Yo le contestaré: "Pero, madre ¿No lo sabes tú? Yo soy ya mayor, como papá y tengo que pagarle a mi niñera." Y mi madre dirá para sí: "Que le dé dinero a quien quiera, que ya es un hombre."

Para las vacaciones de octubre, padre volverá a casa y, creyéndose que soy todavía un niño, me traerá de la ciudad zapatitos y vestidillos de seda. Yo le diré: "Dáselos a mi Dada, papá, que yo soy tan grande como tú." Y padre pensará y dirá: "Es verdad. El puede comprarse su ropa si quiere, que ya es mayor.

SUPERIORIDAD

Madre, tu niña es una tonta. ¡Qué ridícula y qué simple es la pobre! ¡No sabe distinguir entre las luces de la calle y las estrellas! Si jugamos a comer chinitas, se cree que son comida de verdad, y quiere tragárselas. Si le doy mi libro y le digo que tiene que aprender el a, b, c, rompe las hojas y se ríe alegremente como si hubiera hecho una gran cosa. La riño, entonces, enfadado, moviendo la cabeza, y le digo que es muy mala.... Y vuelve a reír, y le parece un juego muy gracioso. Todo el mundo sabe que papá no está aquí; pero si yo, jugando, grito: "¡Papá!" vuelve la cabeza como una loca y cree que papá está con nosotros. Cuando les doy clase a los borricos que trae la lavandera para cargar la ropa, y le digo a tu niña que yo soy el maestro, se pone a gritar sin razón y me llama: "¡Dada, Dada!" Luego, quiere coger la luna. Le dice a Ganesa, Gonasa y se le figura que es una gracia. Madre, tu niña es una tonta. ¡Qué simple y qué ridícula es!

MIMOS

Si en vez de ser tu niño, madre, fuese yo un perrito, ¿me dirías tú que no, cuando quiero comer en tu plato? Di, ¿me echarías tú de tu lado, diciendome: "¡Vete de una vez, perrillo del demonio?" ¿Sí? ¡Pues vete tú, madre, vete! Ya no volveré más cuando me llames, ni te dejaré más que me des de comer.

Si fuera yo un lorito verde, en vez de ser tu niño, madre mía, di, ¿me tendrías tú preso para que no me fuese volando? ¿Me reñirías con el dedo, diciéndome: "¡Qué maldito pájaro este! ¡Todo el día y toda la noche picando su cadena!" ¿Sí? Pues vete, madre, vete tú. Yo me iré volando al campo y no te dejaré ya más tenerme entre tus brazos.

LA ESCUELA DE LAS FLORES



Cuando caen los aguaceros de junio, y los negros nubarrones braman por el cielo, y el viento mojado del Este viene por el desierto a tocar la flauta en los bambúes, las flores surgen, sin que nadie sepa de dónde, en súbito tropel y se ponen a bailar sobre la yerba, locas de alegría.

_Madre, ¿las flores van a una escuela que hay debajo de la tierra, no? Allí, cerrada la puerta, estudiarán sus lecciones; y si quieren salir a jugar antes de la hora, su maestro las pondrá de rodillas en un rincón. Pero, cuando llueve, ¡qué día de fiesta para ellas!

Las ramas se golpean ruidosamente en la arboleda; suspiran las hojas en el loco viento; las nubes de tormenta palmotean con sus manos gigantes.... Y las flores-niñas salen corriendo, vestidas de rosa, de amarillo, de blanco....

_Madre, oye; las flores tienen su casa en el cielo, entre las estrellas, ¿sabes? ¡Mira tú, si no, cómo quieren subir! ¿A que no sabes tú qué corren tanto? ¡Yo si lo sé! Y sé a quién tienden sus brazos. Las flores tienen una madre, como yo te tengo a ti, madre mía.

viernes, 28 de febrero de 2014

LA FLOR DE LA CHAMPACA

Oye, madre; si, sólo por jugar, ¿he?, me convirtiera yo en una flor de champaca, y me abriera en la ramita más alta de aquel árbol, y me meciera en el viento riéndome, y bailara sobre las hojas nuevas....¿sabrías tú que era yo, madre mía? Tú me llamarías: "Niño, ¿dónde estás?" Y yo me reiría para mí y me quedaría muy quieto. Abriría muy despacito mis pétalos, y te vería trabajar.

Cuando, después del baño, con el pelo mojado abierto sobre los hombros, pasaras tú por la frescura de la champaca al patinillo donde rezas, sentirías el perfume de la flor, madre, pero no sabrías que salía de mí. Después de la comida de las doce, cuando estuvieras sentada a la ventana, leyendo el Ramayana, y la sombra del árbol te cayera en el pelo y en la falda, yo echaría mi sombrita chica sobre la hoja de tu libro, en el mismo sitio en que leyeras; pero ¿adivinarías tú que era la sombra de tu hijito? Cuando, al anochecer, con la lámpara en la mano, fueras tú al establo, de pronto caería yo otra vez al suelo,y sería otra vez tu niño, y te pediría que me contaras un cuento.

"¿Dónde has estado tú, picarón?" "No te lo cuento, madre," nos diríamos.

viernes, 14 de febrero de 2014

EL RELATO DEL DILUVIO

Cierta mañana, Manú se hizo servir agua en un vaso. Mientras que se levantaba las manos, un pesecillo que había en el agua le dirigió la palabra: "Manú, sálvame, y yo te salvaré del diluvio que debe arrastrar a todos los seres."
_"¿Qué es necesario hacer para salverte?" Pregunto Manú al pez.
_"Mientras que somos pequeños nuestra existencia es precaria porque los peces grandes nos devoran. Déjame, pues, en este vaso. Cuando yo haya crecido, haz un estanque y llénalo de agua para que me reciba, y cuando haya crecido más aún, llávame al mar. Entonces seré bastante fuerte para librarme de todos los peligros.
Efectivamente, el pez creció y una día dijo a Manú: "Deberás construir un buque para salvarte del diluvio que te he anunciado. Haz exactamente lo que digo. Cuando el diluvio comience, métete en el buque que habrás construido y déjate llevar por las olas; yo iré entonces a salvarte.
Cuando el pez llegó a ser enorme, Manú lo llevó al mar. Después construyó un buque y se metió en él, tan pronto como el diluvio comenzó.
Las olas pronto llegaron a levantar el buque y lo transportaron de un lugar a otro. Manú vio entonces venir el pez que él había salvado; lo ató por medio de un cable a su buque, y el pez, nadando vigorosamente, lo condujo hacia una elevada montaña que el mar no había podido cubrir.
Allí, el  pez le dijo: "Amarra tu buque al tronco de aquel árbol corpulento. Conviene hacerlo así para evitar que las aguas, cuando se retiren, puedan arrastrarlo." Después se alejó y Manú no lo volvió a ver.
Cuando las aguas se retiraron, Manú salió de su buque y se halló solo en la tierra, porque el diluvio había sumergido todo lo que había en el mundo y había hecho perecer a todas las criaturas.
Manú vivió cuerdamente e hizo numerosas ofrendas al mar, al que pidió una compañera. Al cabo de un año, una mujer salió del mar y se dirigió hacia los dioses.
Estos le preguntaron quién era. "Soy la hija de Manú, respondió, y a él pertenezco." Los dioses quisieron obligarla a permanecer con ellos; pero se negó y fué a buscar a Manú, el cual le preguntó quién era.
"Soy tu hija" le respondió._"¿Cómo puedes ser mi hija?" _"Las ofrendas que has dedicado al mar me han dado la vida, correspondiendo así a un voto que hiciste. Si quieres tener grandes riquezas y una larga prosperidad, hazme tu esposa durante un sacrificio y todos nuestros deseos se realizarán."
Manú celebró entonces un sacrificio y se unió a aquella mujer; vivieron largos años y fueron padres de la raza llamada raza de Manú.

jueves, 13 de febrero de 2014

LAS RANAS

Cuando las lluvias bienhechoras han refrescado la tierra, se oye el canto de las ranas.

Cuando llega el el otoño se ven las ranas que corren para saciar su sed. Se sienten felices en la nueva estación y se visitan la una a la otra. Y saltando, brillante como las gotas de agua, la rana amarilla va a conversar con la rana verde.

Cada una responde a las otras, y forman un concierto ensordeserod de voces, porque, enmedio de las charcas de agua, charlan todas a la vez.

Los sacerdotes, cuando llega la noche, vierten el soma y alrededor del vaso que lo contiene, cantan los himnos, como las ranas cantan alrededor de lago.

Lo mismo que las ranas se esconden durante el estío y se muestran en el otoño, los sacerdotes, sudorosos del calor del día, se reúnen por la noche.

Sacerdotes, sed nuestras ranas. Ranas amarillas o verdes, obtened por vuestras súplicas que el cielo nos conceda vacas fecundas y gordas, ricos pastos y una vejez feliz.

miércoles, 12 de febrero de 2014

A AGNI

Que Agni, brillando como el Sol desde la mañana, reciba nuestras ofrendas. Cantémosle al aire libre y puro como él, que nace con la aurora.

Agni levanta en los aires su llama blanca. El renace de su fuego; crece y devora las ramas que se le ofrecen.

Oh Agni, tus llamas puras como tú, se enlazan por todos lados; se adhieren a la leña de la pira; la acarician y la devoran con su cortante diente.

Como la correhuela silbante del guerrero, ellas se apoderan irresistibles de las ramas que gimen.

Oh Agni, tus rayos ardientes son como corceles libres a los que ni el freno ni la vida retienen, y que devoran la hierba de la pradera.

Tu fulgor te ha abierto los dominios terrestres. Golpea a tu enemigo y anonada al malvado.

Dios sublime, dotado de fuerza insuperable, danos la abundancia. Yo he elevado mis loores a la altura de tu poder. Dame, en cambio, una considerable y feliz opulencia.

A LOS MARUTS

Hijos de Rudra, compañeros de Indra, venid en vuestros carros de oro; nuestras súplicas os invoca.

Dioses prudentes, hábiles arqueros provistos de espadas, flechas, aljabas, venablos amenazadores y escudos sonoros, avanzad con majestad.

Agitad el cielo, removed las montañas celestes, y que vuestro rápido tránsito difunda tesoros sobre vuestros servidores. A vuestro paso las selvas tiemblan de temor, los lagos se conmueven y la Tierra se estremece. Enganchad vuestros gamos; picadles con el aguijón de plata y lanzadlos a golpe hasta que resuene la Tierra.

Montados en los corceles amarillos y negros, vosotros cubrías todo el cielo.

Rodeados de húmedos vapores, radiantes, adornados con brazaletes de oro y con collares de oro, nobles héroes, sobre vuestros hombros descansan las espadas.

Aguijad a los rápidos gamos, corred y que el cielo muja como el toro en medio de sus vacas.

A LA AURORA

Los himnos se elevan hacia los dioses en el momento en que el carro de Indra, todo centellante de luz, viene a despertar el mundo abatido.
Sube hasta el cielo que se desgarra y nos da esa alimentación luminosa que sacia nuestros ojos.
Hija del cielo, Aurora, diosa brillante generosa, detén al genio maléfico de la noche y expulsa al inmenso búho que cubría el cielo.
¡Ya ha nacido, ya va a brillar la divina Aurora; ven, ven gloriosamente y sube al cielo para hacerlo resplandecer de luz!
Eleva tu estandarte por encima de las montañas, y ven en tu carro que arrastran vacas de colores purpúreas.
Los fulgores de la Aurora se distinguen; ella avanza por grados; ilumina lo que la rodea y da a todo tintas tornasoladas. Bella y benévola, sonríe.
Hija del cielo, resplandece. Como la bailarina descubre su seno, lo mismo que la vaca muestra sus fecundas mamas, y así como ésta da su leche, la Aurora distribuye al mundo entero su luz.
Vedla, abriendo las puertas del cielo y coloreándose con los colores del Sol, su amante.
De igual modo que un profundo mar, así todo lo llena con si grandeza. 
Siguiendo los pasos de las auroras pasadas, eres la primogénita de las auroras eternas. ¡Ven a reanimar todo lo que tenga vida, Aurora! ¡Ven a vivificar lo que está muerto, madre de los dioses, puesto que contigo  todos los dioses despiertan! ¡Ojo de la tierra, porque sin ti el mundo sería ciego! Mensajera del sacrificio, noble Aurora, brilla para nosotros; aprueba nuestros votos y esparce sobre nosotros tu luz.
Aurora, bendice, iluminándolo con tus rayos, al padre de familia prosternado ante ti, rodeado de sus hijos.