lunes, 15 de septiembre de 2014

El calzado de Cronos



Porque has sido tantas y esta ha de ser la última vez, sentado en el borde de la cama, a un lado de una caja de laxantes y un walkman, Donardo aguarda la primera señal de la noche con un juego de calcetines en la mano derecha. Con la izquierda sostiene el cuchillo que empleó esa mañana para untar mantequilla a tres panes tostados. Te he dicho muchas veces que ese cuchillo no es para la mantequilla, lo amonestó su mamá. Ante él, sobre el suelo de la habitación, se mece la sombra de un par de zapatos que cuelgan de los cables del porte de luz situado frente a la ventana. Alguien se lo explicó en alguna ocasión: se trata de una vieja costumbre urbana que cada vez pierde más presencia. Todavía, sin embargo, es posible ver, en colonias de la periferia, zapatos suspendidos de los cables de luz, así como esos que bailan fuera de su casa, imitando el movimiento de la péndola del reloj que descansa sobre el dintel de la puerta: dos minutos para las tres y el trayecto restante del segundero. Porque el bamboleo aparece incluso en jornadas sin brisa, como si el vaivén de los zapatos naciera desde el interior para registrar el tiempo de un cuerpo sin vida. Cuando se lo contaron, Donardo hizo memoria y sí, había visto varios zapatos colgantes, pero nunca les puso mayor atención; quién le hubiera dicho que significaban lo que significaban. Comoquiera, esta noche se ha quedado despierta en espera del primer ruido y no para discurrir sobre la simbología fúnebre de unos zapatos.

En el instante en que la señal finalmente se manifiesta, a Donardo le tiembla la mano que empuña el cuchillo. Oye el sonido de unos pasos cautelosos provenientes del costado derecho de la casa. La experiencia de una infinidad de noches de vigilia le ha enseñado que, en plena madrugada, bajo la oscuridad y la quietud de una morada de habitantes noctámbulos, existen dos tipos de pasos según el nivel de recaudo: los discretos y los estúpidamente discretos. Los primeros los da cualquier miembro de la familia cuando se levanta de la cama para ir al baño, tomar agua o desarrollar alguna otra actividad doméstica nocturna. La otra clase de pasos la aplica su padre, y el exceso de discreción solo consigue generar sospechas, sobre todo en él, Donardo, el único que permanece con los párpados abiertos a tan altas horas de la noche con el propósito de esperar las señales. Además, los pasos pueden clasificarse en tres categorías de acuerdo con la naturaleza del ruido: los de su hermana se caracterizan por emitir un sonido compacto y seco, pues no utiliza calcetines para dormir; los de su madre son los que más crean alboroto, debido a que jamás camina por la casa si no ha metido sus pies en sus pantuflas con suela de plástico; los pasos de su padre, por último, se distinguen por su sigilo; él sí usa calcetines durante la noche.

Son las tres de la mañana con dos minutos. El ruido que Donardo ha captado equivale al de unos pasos discretos con cierto grado de estupidez. La posibilidad de un error de percepción no debe, por supuesto, descartarse; ya le ha ocurrido antes. Por tal motivo, es muy importante aguardar unos seis o siete segundos para confirmar la conjetura. Si al término de ese intervalo, transita una sombra por la oquedad horizontal de la puerta, entonces la de los pasos será su madre con dirección al baño; de lo contrario, el caminante será su padre, rumbo a la recámara de su hermana. Como ninguna sombra se asoma después del tiempo estimado, Donardo traga saliva dos veces, primero satisfecho y luego nervioso; lo uno porque confirma el nivel de conocimiento que posee sobre el itinerario de los habitantes de la casa y lo otro porque comprende que el momento decisivo se encuentra a la vuelta de la esquina.

Transcurrido cuatro o cinco segundos, distingue la segunda señal de la noche: una puerta es abierta con reserva. Donardo consulta el reloj. Sabe de sobra que para lo d su padre no hay un margen de error relevante; la puerta se abre siempre alrededor de las tres de la madrugada y se vuelve abrir después de que se cumplen entre doce y quince minutos.

Luego de catorce minutos se oye el sonido de la puerta, seguido de unos pasos estúpidamente discretos, los cuales se alejan. Ahora nada más resta que a su madre se le distienda el intestino. Donardo es consciente de que el comportamiento de un órgano no puede ser sometido a una rigurosa medición temporal. Con todo, la caja de laxantes indica que el medicamento produce resultados en un lapso aproximado de doce horas. De tal forma que, considerando que le dio el laxante a su madre alrededor de las cuatro de la tarde (“Tráeme por favor la taza de café; creo que la dejé a un lado de la estufa”), habrá que esperar cerca de una hora.

Donardo, tras cuarenta minutos, comienza a desenrollar los calcetines: el incontestable ejemplo paterno. Cuando se lo está calzando, percibe unos pasos que no son estúpidamente discretos sino ruidosos, descuidados. Entorna los párpados y dirige la mirada hacia la cavidad de la puerta. Pasa una sombra y, después de tres segundos, alguien se encierra en el baño. El ruido de silencio; un zumbido tenue. Se abre la puerta del baño y de nuevo la sombra por la rendija, esta ocasión en dirección contraria. Donardo ojea el reloj. Ese alguien que ocupó y desocupó el baño es su madre, quien de seguro ya se encuentra en su dormitorio, echándose encima la sábana mientras maldice mentalmente el estado de su estómago. Ha permanecido dieciséis minutos sentada en el retrete. La próxima vez probablemente durará dos o tres minutos menos. Sigue siendo el tiempo suficiente para hacer lo que debe hacer. Guarda la caja de laxantes en el cajón del buró. Y espera. Intenta tararear una canción. No puede. Contempla mejor las manecillas del reloj; es segundero parece más lento de lo normal. Observa también la péndola, acto que lo lleva a desviar la mirada hacia los zapatos colgantes. Entonces vuelve al reloj. En eso advierte el ruido que engendra la suela de plástico de las pantuflas. Transita la sombra. Se cierra la puerta del baño. Es el momento.

Ya en el pasillo, Donardo oye la tos seca de su madre. Entra en la recámara de al lado. La cama está deshecha. Abre la puerta corrediza del clóset, se arrodilla y dice no llores, mi pequeña saltamontes, si dejas de llorar más la rato te voy a prestar el walkman para que escuches toda la música que quieras. Luego le toma la mano. Al descubrir en el rostro de su hermana el atisbo de una sonrisa, sale de la habitación y se dirige a la sala. De nuevo la tos seca procedente del baño. Donardo no comprende cómo su madre nunca se ha percatado de la rutina nocturna del hombre con el que duerme. Una noche de insomnio habrá tenido, o una pesadilla que la obligara a despertarse, o una madrugada en que el frío penetrara por algún resquicio de la sábana. Durante una noche de esas ella habrá abierto los ojos para preguntarle a dónde vas, mi amor. Claro que en un escenario semejante, resultaría fácil escabullirse; no es insólito que las personas se levanten de noche para orinar o beber agua o leche. Pero no todos los días a la misma hora. No. A lo mejor su madre no ignora la situación, lo cual supondría un cuadro todavía más repugnante. Quizá ella finge un sueño imperturbable para no sentir la obligación de cuestionar: a dónde vas, mi amor, y así eludir el peso de las respuestas: a la habitación de nuestra hija, cariño. Un tercer acceso de tos interrumpe las elucubraciones de Donardo.

Lo hace con rapidez. Franquea la puerta del dormitorio de sus padres y no dura dentro más de dos minutos. Sofocado, reaparece con algo en las manos y deja la puerta abierta. Regresa a su alcoba. Recoge el walkman y sale. Ingresa a la recámara de al lado. La niña ha abandonado el interior del clóset. Ahora se halla encima de la cama. Alza el rostro y, aún con vestigios de lagrimeo, sonríe al sentirse hermana y no hija. Y sonríe con mayor entusiasmo cuando repara en el walkman que su hermano trae consigo. Donardo se sienta en la orilla de la cama y le coloca los audífonos a la niña en tanto le dice prométeme que no te los vas a quitar en toda la noche. Te lo prometo, responde ella. Luego se oye cómo el agua del retrete se arremolina. A continuación se abre la puerta del baño. En cualquier instante la sombra se asomará por la oquedad de la puerta, de izquierda a derecha. Cuando espera algo. Entonces se produce un silencio aplastante. Donardo espera algo, aunque no sabe con exactitud qué. La niña, que exhibe una sonrisa enorme, no alcanza a oír los gritos de horror de su mamá porque ha subido todo el volumen, y solo sabe que su hermano es muy chistoso porque está haciendo quién sabe qué cosa con los zapatos de su papá.



Daniel Avechuco Cabrera

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