Los himnos se elevan hacia los dioses en el momento en que el carro de Indra, todo centellante de luz, viene a despertar el mundo abatido.
Sube hasta el cielo que se desgarra y nos da esa alimentación luminosa que sacia nuestros ojos.
Hija del cielo, Aurora, diosa brillante generosa, detén al genio maléfico de la noche y expulsa al inmenso búho que cubría el cielo.
¡Ya ha nacido, ya va a brillar la divina Aurora; ven, ven gloriosamente y sube al cielo para hacerlo resplandecer de luz!
Eleva tu estandarte por encima de las montañas, y ven en tu carro que arrastran vacas de colores purpúreas.
Los fulgores de la Aurora se distinguen; ella avanza por grados; ilumina lo que la rodea y da a todo tintas tornasoladas. Bella y benévola, sonríe.
Hija del cielo, resplandece. Como la bailarina descubre su seno, lo mismo que la vaca muestra sus fecundas mamas, y así como ésta da su leche, la Aurora distribuye al mundo entero su luz.
Vedla, abriendo las puertas del cielo y coloreándose con los colores del Sol, su amante.
De igual modo que un profundo mar, así todo lo llena con si grandeza.
Siguiendo los pasos de las auroras pasadas, eres la primogénita de las auroras eternas. ¡Ven a reanimar todo lo que tenga vida, Aurora! ¡Ven a vivificar lo que está muerto, madre de los dioses, puesto que contigo todos los dioses despiertan! ¡Ojo de la tierra, porque sin ti el mundo sería ciego! Mensajera del sacrificio, noble Aurora, brilla para nosotros; aprueba nuestros votos y esparce sobre nosotros tu luz.
Aurora, bendice, iluminándolo con tus rayos, al padre de familia prosternado ante ti, rodeado de sus hijos.

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