Oye, madre; si, sólo por jugar, ¿he?, me convirtiera yo en una flor de champaca, y me abriera en la ramita más alta de aquel árbol, y me meciera en el viento riéndome, y bailara sobre las hojas nuevas....¿sabrías tú que era yo, madre mía? Tú me llamarías: "Niño, ¿dónde estás?" Y yo me reiría para mí y me quedaría muy quieto. Abriría muy despacito mis pétalos, y te vería trabajar.
Cuando, después del baño, con el pelo mojado abierto sobre los hombros, pasaras tú por la frescura de la champaca al patinillo donde rezas, sentirías el perfume de la flor, madre, pero no sabrías que salía de mí. Después de la comida de las doce, cuando estuvieras sentada a la ventana, leyendo el Ramayana, y la sombra del árbol te cayera en el pelo y en la falda, yo echaría mi sombrita chica sobre la hoja de tu libro, en el mismo sitio en que leyeras; pero ¿adivinarías tú que era la sombra de tu hijito? Cuando, al anochecer, con la lámpara en la mano, fueras tú al establo, de pronto caería yo otra vez al suelo,y sería otra vez tu niño, y te pediría que me contaras un cuento.
"¿Dónde has estado tú, picarón?" "No te lo cuento, madre," nos diríamos.
que perrón
ResponderEliminarque perrón
ResponderEliminarEl verdadero amor no pide ser gratificado
ResponderEliminarHermoso, me encanta, se lo leia a mi hijo cuando estaba pequeño, hoy a sus 21 años, aun lo recuerda.
ResponderEliminarCual es el motivo
ResponderEliminarGrande Tagore
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